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lunes, 16 de marzo de 2009

UN MOMENTO PARA SIEMPRE...

En cierto modo, esta vida es demasiado corta. Estaría bien si pudieras tomar todos tus errores, arreglarlo todo, aparecer en algún sitio y decir: “De acuerdo, ya lo he resuelto, y estoy preparado”. Pero no funciona así. Se nos ha concedido un tiempo, pero no sabemos cuánto. Al principio, sólo queremos ser felices. Es todo lo que sabemos. No sabemos nada sobre responsabilidades, ni sobre lo correcto y lo incorrecto. No sabemos ser humanos. Pero sabemos que tenemos sed de ser felices, signifique eso lo que signifique.

Suceden cosas buenas y cosas malas. De niño, el nivel de optimismo es alto en todo momento. Ayer ocurriría lo que fuese, pero hoy es hoy. No se guardan recuerdos, no hay culpas. Hiciéramos lo que hiciéramos en ese estado, no lo habíamos planeado. Eso se llama “inocencia” y, para todos nosotros, ese estado es precioso. Luego pasamos por el período de aprendizaje; el agotador martilleo de información en nuestras cabezas. El abecedario, A, B, C. No sabes por qué A es A. Simplemente es así. Tampoco sabes por qué 1 es 1, pero así es. Y te examinan de todo eso.


Y la cosa sigue y sigue; se te está preparando para este mundo. ¿Qué significa eso? Significa que has abandonado tus ideas y que ya estás listo, dispuesto y capacitado para hacer tuyas las ideas que te dará el mundo, incluida la de cómo creer en Dios. Eso se define como responsabilidad”. Yo lo llamo “el salto gigante de la fe”. Entonces pasa algo increíble.


Esto no le ocurre a todo el mundo, sólo a algunas personas. Se encuentran con alguien que dice: “No es necesario ningún salto gigante de fe. No tienes por qué saltar. Simplemente siente, siente tu propia sed”. Y dicen: “¿Qué…?”. Encuentran que esta idea es novedosa, pero ven en ella su propia inocencia. “La felicidad, la alegría que quieres en tu vida está dentro de ti, y la sed de ese sentimiento tiene que estar también en tu interior”. Entonces preguntan: “¿Realmente es posible que haya algo tan sencillo?”. Sí, es posible. Tienes oídos porque necesitas oír. Tienes una nariz porque necesitas respirar. Como necesitas poder ver, se te han facilitado unos ojos.


Y como necesitas satisfacción - no deseas, sino necesitas - también se te ha proporcionado la sed de ella. Encuentra esa sed. Ése es el primer capítulo: reconocer, comprender tu propia inocencia. Y no como un concepto, pensamiento, idea o porque alguien lo diga. La necesidad de plenitud está arraigada dentro de ti; no en tu lógica, sino en la inocencia del corazón. Es ahí donde la encontrarás, y es ahí donde debes empezar.


Si tenemos sed y nos ponemos a buscar agua, no nos distraeremos: “¿Has visto ese pájaro? ¿Has visto esa roca? ¡Mira esa estela en el cielo!”. No. Agua, agua, sólo agua. Es una necesidad, una pasión. La verdadera pasión de un ser humano es sentirse satisfecho. Y esa pasión ha sobrevivido a todos nuestros descubrimientos, conflictos, éxitos, fracasos, desastres, catástrofes… Por muy frágil que pueda parecer, ha sobrevivido.


Como los seres humanos están cada vez más ocupados en crear armas de destrucción, en ir a la Luna, en hacer mapas de la Tierra, en inventar cosas, en hacer descubrimientos, pensarás que eso se habría olvidado. Se han olvidado idiomas, han sido olvidadas costumbres que sobrevivieron durante miles de años. Pero, de algún modo, la búsqueda de sentirse plenamente satisfecho ha sobrevivido.


¿Por qué te digo esto? Porque se trata de una necesidad mayor de lo que crees. Es enorme. Y deberías intentar todos los días, de forma consciente, sentirte pleno, ser feliz. No hay botón de rebobinado.


Cuando he vuelto al hogar, a este momento llamado “ahora”, siento que mi corazón danza de gratitud. Quizá haya algunas lágrimas, pero son de alegría, no de tristeza. Cada fibra de mi ser se regocija por estar viva. No voy buscando el mañana, ni siquiera el instante que está por venir. Y eso está bien, porque es un momento en el que podría vivir para siempre.
Prem Rawat-Maharaji